2015

365 días después, termina el 2015.

Este año han pasado bastantes cosas, así que dejo aquí mi balance del mismo para que la NSA recopile los datos que se le hayan pasado por alto:

– Empecé este blog, y aunque no lo actualice con la frecuencia que me gustaría, me alegro de haberlo empezado y de que vosotros lo leáis
– Cambié de ciudad, lo que es siempre a la vez difícil y emocionante. Recomiendo encarecidamente que lo hagáis alguna vez en la vida
– Cambié de trabajo, con lo que no solo he cumplido uno de mis propósitos del 2015, sino que mi vida profesional ha recuperado sentido
– Me mudé otra vez de casa, alcanzando la nada despreciable cifra de 9 mudanzas en los últimos 10 años
– Conocí a mucha gente nueva. Y algunos de ellos prometen.
– Subí a 16 aviones, y aunque no sean tantos ni sea un gran logro, a mi me hacen sentir toda una superviviente
– Aterricé en varias ciudades: Orleans, París, Sevilla, Hannover, Montreal, Málaga, Gandía, Munich, Darmstadt, Barcelona, Madrid y puede que alguna más que haya pasado por alto. Por desgracia la mayoría de ellas han sido por trabajo, así que el año que viene invertiré ese ratio
– Visite las cataratas del Niagara
– Me reencontré con viejos y grandes amigos, y pocas cosas son mejores en la vida que los reencuentros
– Participé en la reforma integral de un piso, gracias a la cual puedo añadir ‘Albañil’ como experiencia en el curriculum
– Vendí o regalé muchas cosas materiales
– Visité nuevos museos, parques, restaurantes y lugares. Pero no han sido ni de lejos suficientes para sentirme satisfecha
– Compartí cientos de cenas, comidas, desayunos y otros eventos con familia y amigos. Y desde que no los tengo tan cerca, he aprendido a valorar cada minuto que paso con ellos
– Empecé a ir al gimnasio, por lo que no tengo que mantenerlo como propósito para el próximo año
– Leí 22 libros. Y si os interesa saber cuáles, están aquí.
– Vi unas 7 u 8 series nuevas, pero el gran descubrimiento del año ha sido ‘Halt and Catch Fire’
– Me perdí una euskal
– Mi novio se sacó el carnet de conducir, lo que no es un logro personal pero si un gran alivio
– Uno de mis mejores amigos defendió su tésis doctoral y yo estuve allí para verlo. Otros amigos la defendieron también y me lo perdí.
– Presidí una mesa electoral
– Me dejé el pelo largo
– No he visto la nueva peli de Star Wars y mi propósito de año nuevo y de los venideros es mantenerme firme en mi veto
– Me perdí algunos cumpleaños importantes en Madrid
– Lloré y reí bastante
– Y rememoré el 2015 en general

El balance es positivo, pero hay bastantes cosas que mejorar.

Creo que estoy lista para el 2016.

¡Feliz año nuevo!

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No queremos más niñas

Ha llegado la hora de traer a un nuevo individuo al mundo: El gran milagro de la vida. En cuanto el proceso de gestación ha comenzado, surge la gran pregunta: ¿Será un ‘él’ o una ‘ella’?

En general, ellos prefieren un ‘él’. Quizás le pongan su mismo nombre. Le llevarán a los partidos de fútbol. Le gustarán los coches y las figuras de acción. Jugaran juntos a la consola: FIFA, CoD, GTA… Le comprarán su primera cerveza y quizás, hasta su primera caja de condones. Esperarán que ligue con muchas chicas y que sea un conquistador nato.

Si fuera una ‘ella’ todo sería mucho más complicado… Habría demasiadas preocupaciones: ¿Tendrá que vigilar a los brutos que la ronden? ¿Cuándo perderá la virginidad? ¿Y si se queda embarazada? ¿¡Y ahora a quién voy a llevar al fútbol!?.

Ay! el gozo en un pozo…

Por otro lado, en general ellas prefieren una ‘ella’. Le pondrán todos esos vestidos preciosos que siempre ven en las tiendas, pues la ropa de ellos es muy aburrida. Le compraran un montón de lacitos para el pelo. Y estará guapísima. Tendrá un montón de muñecas. Y quizás también ese carrito para empujar con su bebé dentro. Y por supuesto la cocinita… Cuando sea mayor ya se ven yendo juntas de compras y a la peluquería.

Por el contrario, ellos son todos unos brutos. A priori, y si lo pensaran rápidamente, ni siquiera se les ocurriría algo que fueran a tener en común. Sin embargo, en el fondo ellas también creen que las niñas les darán mas preocupaciones en el futuro y se hacen las mismas preguntas que ellos (excepto por el fútbol).

Al final, ambos tienden a converger en que existe una mayor complejidad intrínseca en criar a una ‘ella’ frente a un ‘él’. Porque por supuesto hay una diferencia, aunque nosotros mismos nos la hayamos impuesto con ideas preconcebidas sobre lo que ellos y  ellas deben ser y hacer. No tenemos un ‘él’ pensando en que podría hacerse bailarín de ballet, ni nos preocupa que pierda la virginidad a los 14. No tenemos una ‘ella’ esperando que se vuelva mecánico automotor y que se acueste con quién le parezca si toma las medidas necesarias.

Todavía no han llegado al mundo, pero ya les hemos dictado sentencia. Cualquier desviación de nuestras expectativas iniciales, tanto si esperábamos un ‘él’, como una ‘ella’, nos defraudará.

Por suerte, y al menos hasta que crezcan, siempre nos quedará la esperanza de que sean normales. Que cumplan con los patrones que de ‘él’ o ‘ella’ se esperan. Nosotros nos encargaremos de llevarlos por el buen camino, comprándoles siempre los juguetes adecuados para que no desentonen con la sociedad. Es lo mejor. Así será todo más simple. Para nosotros, y para ellos.

Madrid

Un 28 de Agosto, 10 años atrás, llegué a esta ciudad.

Suman en total 3652 días de experiencias. No siempre han sido días buenos, pues los comienzos siempre son duros, pero echando la vista atrás, me alegro por cada uno de ellos.

En un breve resumen, han sido:

10 años de cañas y tapas. De comidas, batidos, cervezas, helados… Y de chocolates calientes.

10 años de lugares y sitios. Y de viajes. No puedo citarlos todos, pero en ellos me he perdido y me he vuelto a encontrar.

10 años de carreteras y tráfico. Y de rotondas, a las que siempre se echa de menos cuando no están. Aquí no solo aprendí a conducir, sino a disfrutar haciéndolo. Excepto en las horas punta de la M-30.

10 años de cielos azul brillante. A veces a 40 grados y otras veces a -5, pero siempre con esa ausencia de nubes que no he encontrado aún en ningún otro lugar.

10 años de teleco. De frustraciones, interminables horas de estudio y mesas repletas de papeles. Pero también de risas, alegrías, logros y buena compañía. También de conocer a personas de las que aprender, a las que admirar y a las que querer parecerme ‘cuando sea mayor’.

10 años de amigos increibles. Algunos han estado ahí desde el comienzo, otros han llegado por el camino y algunos se han ido igual que llegaron, pero todos ellos han contribuido a que mi estancia aquí fuera inmejorable.

10 años de la osa y el madroño. Porque ha sido el punto de encuentro por excelencia para toda buena quedada. Incluso después de mudarla de sitio.

10 años de pareja perfecta. De descubrir que aunque pareciese imposible, existía alguien capaz de sobrellevar con éxito tantas manías, taras y defectos. Tu contribución para querer tanto a esta ciudad ha sido incuestionable.

10 años de familia. Porque sin vosotros, mi vida aquí nunca hubiese acabado de tener sentido.

10 años de hogar. Porque aquí he conseguido sentirme como en casa, a pesar de que los dedos de ambas manos ya no sean suficientes para contar las veces que me he mudado.

Sé que sin importar a donde vaya en el futuro, un pedacito de mí deambulará siempre por estas calles.

Gracias, Madrid, por estos 10 años.

Inconsciencia

Hace poco, he pasado por cierto malestar que me llevó a perder el conocimiento un par de veces. Fue una sensación muy extraña, porque nunca antes me había pasado algo así.

Los segundos previos a perder la conciencia son muy confusos, porque sabes que tu cerebro no está funcionando correctamente, pero no comprendes muy bien la situación, ni prevees lo que pasará después. Luego, simplemente abres los ojos y te das cuenta de que estás tumbado mirando al techo, con mucha gente a tu alrededor mientras alguien te sostiene las piernas en alto, cuando hace un momento estabas de pie, sumido en tu confusión mental.

La segunda vez que me ocurrió en el día, apenas pude darme cuenta de que se estaba repitiendo la situación cuando de pronto, ya no estaba ahí. Y de nuevo estás mirando al techo…

Estos episodios me han llevado a reflexionar sobre la muerte, y no porque en esos momentos pensara que iba a morir, sino porque en realidad no tuve tiempo a pensar en nada. El paso de la consciencia a la inconsciencia fue casi instantáneo, indoloro.

Aunque pueda parecer extraño, me dejaron cierta sensación de paz. Quizás, cuando llegue la hora, todo sea así de sencillo. También me han hecho pensar un poco en lo triste que resulta la levedad de la existencia humana. Como si toda una vida pudiera extinguirse en tan solo un segundo. Aún así, me quedo con la parte positiva. Quizás es cierto que no merece la pena preocuparse por los pequeños problemas de la vida, porque al final, todo se resolverá en unos pocos segundos y ni siquiera nos daremos cuenta.

El arte de volar

No me gusta volar. La primera vez que subí a un avión tenía 12 años. Recuerdo a mi madre rezar a todos los dioses e invocar a todos los poderes divinos antes de que el aparato despegara. Entonces debí pensar que volar no era seguro, pues parecia que el éxito de tu vuelo dependía de que un dios piadoso oyera tus oraciones. Es posible que esa primera vez haya significado un punto de inflexión en mi vida. Quizás es el origen de mis temores actuales. Sin embargo, no culpo a mi madre de mi miedo a volar. Aún después de haberme pasado los últimos tres años de mi vida trabajando en el entorno aeronáutico y convenciendome a mi misma de la seguridad de los aviones, no puedo subir a uno con tranquilidad. Quizás no se trata de tener o no conocimientos técnicos acerca de cómo vuela un avión. Es algo mucho más profundo y poderoso que eso. Y no mejora demasiado a medida que coges más vuelos.

Hasta que acabé la carrera, había subido exactamente a 14 aviones. Una vez que comencé a trabajar, la cifra aumentó considerablemente. Mientras escribo reflexiono sobre ello: 20 aviones en los últimos 3 años. Eso hacen un total de 34 a día de hoy. En un par de semanas debo subir al siguiente, para que la cuenta siga su curso. Lo cierto es que no es una cifra muy representativa, pero para mi, cada viaje superado con éxito es un pequeño logro.

Cada vez que debo subir a un avión me repito a mi misma, desde algunos días antes, que mis miedos son irracionales y que no debo preocuparme. Es cierto que hay accidentes de aviones (uno especialmente reciente y desgarrador, al que debo esta entrada) pero también los hay de otros medios de transporte: coches, trenes, barcos… Cuando me subo a cualquiera de ellos, jamás pienso en que quizás ese viaje pueda ser el último. Con los aviones, no puedo evitarlo.

En realidad, mis conclusiones apuntan a que no tengo miedo a volar, sino a morir. Y los aviones, por la gravedad y fatalidad de sus accidentes, parecen un lugar peligroso en el que encontrarse. Una vez me dijeron en una clase sobre emociones que volar da miedo porque es algo que hacemos esporádicamente, mientras que el coche o el tren es tan habitual para nosotros que la situación de peligro se diluye: si haces muchas veces algo, y no pasa nada, ese algo no debe ser peligroso. No dudo de esta teoría, pero 34 aviones después, no me siento mejor al respecto de ellos. En otra ocasión, durante una clase de economía, me dijeron que el miedo a volar se debe al valor que asignamos a nuestra vida. Si consideramos que el valor de nuestra vida es infinito, el riesgo que conlleva perderla es equivalente. También sabemos que si se produce un accidente de avión, las probabilidades de supervivencia son bastante escasas. Subir a un avión, me hace pensar siempre en esa pequeña posibilidad (dadas las estadísticas) de que algo no vaya bien.

El otro día oí por ahí que una de las mayores virtudes y desgracias del ser humano es la de ser consciente de su propia muerte. Estoy completamente de acuerdo. Cuando reflexionas sobre la muerte, puedes llegar a pensamientos muy oscuros que es mejor descartar. Cuando pienso en los aviones, no puedo evitar intentar imaginar lo que sientes en esos minutos en los que sabes que todo va a terminar. Tienen que ser terribles. En el último suceso ocurrido, 8 han sido los minutos que ha tardado en llegar el impacto. He intentado ponerme en situación y casi he sentido vértigo. Lo hice porque creo que es lo mínimo que puedo hacer como señal de respeto hacia los que estuvieron allí. Aunque no sea lo más recomendable si eres especialmente aprehensivo a estas cosas…

Lo cierto es que, después de todo lo anterior, concluyo que no estoy enfocando el volar de la manera adecuada. Quizás es un arte reservado a unos pocos privilegiados que sienten indiferencia o incluso placer, ante la idea de subir a un avión.

Por favor, prestadme vuestras gafas. Quizás entonces lo consiga ver todo menos turbio.

¿Por qué?

Cuando eres miope, lo ves todo borroso. Los objetos lejanos son turbios y las líneas no están definidas. Si entrecierras un poco los ojos, las cosas adquieren una mejor definición, sin llegar a ser claras del todo. Sin embargo, cuando te acercas lo suficiente, todo se vuelve nítido, claro, sólido.

Mi visión del mundo es miope. Mis pensamientos también lo son. Voy a intentar acercarme a ellos. Veremos si consigo mejor definición. Bienvenidos.